| Dando instrucciones para hacer la foto. |
Al principio del viaje decidimos que cada vez que llegásemos a un nuevo destino nos sacaríamos una foto juntos delante del cartel con el nombre de la ciudad. En Bophal no iba a ser diferente, así que nos colocamos ante el cartel y le damos la camara a una de las miles de personas que nos rodeaban mirándonos. Aún con nuestras instrucciones y ayudándose entre todos ellos, sacar una foto parecía algo más difícil que encajar las cuatro caras del cubo de rubik con los ojos cerrados en 3 segundos. En este momento decidimos anular la norma.
Estamos en la capital de Madha Padresh, nos acercamos al sur y por tanto ya empieza a notarse el calor sofocante que te reclama una duchita a cada minuto. Con ese sentimiento de asfixiarse y con una mochila considerable a cuestas, empezamos a buscar un hotel. Parece que la cosa no es sencilla. La oferta hotelera aquí es algo deplorable, las habitaciones no son caras pero estan realmente sucias, incluso superando el estandard de la India. Suerte que no desistimos y entre sudor y esperanzas encontramos un buen hotel a un precio justo (Hotel Solani), como otro mundo, sábanas limpias cada dia!
En la calle la gente parece ser mucho más curiosa. Se quedan alucinados con los tatus, las dilatas e incluso con la piel blanca y nos paran constantemente para hacerse fotos con nosotros o simplemente a nosotros. La mayoría piden permiso pero no es difícil adivinar las intenciones de algunos que llevan el movil enfocando hacia ti (con eso sí saben sacar fotos). Aquí nadie habla ingles y se ven muy pocos turistas, por lo que la mímica y los precios bajos inundan nuestros días.
Bophal es una ciudad curiosa, ajetreada,con el tráfico tan insoportable como en el resto del pais y llena de comercios de todo tipo imaginable; supermercados, zapaterias, fábricas de madera donde es posible ver como con sólo una lima transforman un tronco rectangular de madera en una pata redondeada para la cama. Tiendas donde reparan gafas (cosa muy útil cuando se destrozaron las de Teresa), locales donde hacen las tapicerías a medida para sus tuneados autorickshaws , miles de tenderetes de comida barata y rica en la calle hasta altas horas de la noche.... Todo ellos distribuido ordenadamente por barrios en los que en cada uno se concentra un oficio diferente.
| Sai Baba ¨el fumeta¨ |
Pasaba el tiempo en Bophal y arraigados a las leyes mochileras nos vimos obligados a hacer una visita al museo del hombre. Para conseguir dicha meta tuvimos que coger nuestro primer bus interurbano - Será fácil, vamos a la estación y preguntamos-. Estupefactos quedamos al comprobar que la estación no era más que un simple cruce de calles, abarratado de bares en sus esquinas y miles de personas agolpadas para subir en aquellas cafeteras con ruedas que casi no paraban para dejarlos subir y bajar. Al llegar sólo se oían a los chicos que asomaban medio cuerpo fuera del bus gritar enajenados el nombre del destino del vehiculo. Preguntarles parecía una broma, un -yes, yes, yes-, -came on, came on-, parecían indicar que todos los buses iban a nuestro destino. Atraídos por un uno que sabiamente gritó ante nosotros el nombre del museo, subimos a su autobus. En su interior hallamos un habitáculo pequeño, David casi no cabía de pie, todos los asientos estaban deteriorados y la poca luz que dejaban entrar sus ventanas tintadas, lo hacían profundo y oscuro. Nos aposentamos en el final y rápidamente el bus se llenó hasta tal punto que los cuerpos de la gente sobresalían por la puerta de atrás. Una sorpresa nada grata encontramos al bajar cuando el conductor nos indicó con gestos que teníamos que caminar carretera adelante para llegar al museo, por sus gestos deducimos que estaba cerca. Preguntar en aquel lugar era imposible, ni siquiera con gestos ya que ni tan siquiera conocian el lugar. Tras mucho caminar y sin querer, medio acertar el camino, decidimos que el resto lo hiciera un autorickshaw. El conductor parecía convencido al tomar colina arriba. Pero el destino no era el museo, si no una heladería donde el dependiente parecía ser el único en toda la ciudad que hablaba ingles. Tres horas más tarde llegamos por fin al museo del hombre.
El contenido del museo está distribuido a lo largo de toda la colina, extremadamente calorosa y sin una pizca de sombra. Son casas y utensilios que han construido artesanalmente los indios de ahora al estilo de los indios de antes. Desde molinos para el grano y casas de paja, hasta elaboradísimas casas de madera decoradas con la calaveras de cabras y extraños grabados de indios con cabezas cortadas en sus manos como si el mismisimo Jack el destripador hubiera pasado por allí. Es como estar en una mini ciudad pero con casas de todo tipo, algunas más antiguas, otras menos, donde todavía habitan personas viviendo al estilo de sus ancestros. Puedes entrar en ellas y perderte en su tiempo imaginando qué debían de hacer en cada ¨habitación¨, para qué debían de utilizar cada utensilio y cómo debían de funcionar los molinos.
El resto de los días los pasamos perdiéndonos por el marcado, el cual era una confluencia de calles abarrotada por miles de tiendas, y sus alrededores