Una ciudad aparentemente tranquila. Aquí todo gira alrededor del Taj Mahal. Las calles adyacentes dan a las puertas, siempre abarrotadas, norte, sur, este y oeste del monumento. Por lo que tomes la calle que tomes siempre acabarás allí.
A pesar de lo bien conservado que tienen mausoleo, descubrimos que a sólo dos calles de las principales se encuentra una ciudad también muy pobre. Un barrio donde no hay ni un solo turista y donde las aguas fecales fluyen libremente entre medio de las casas. Los niños nos paran, los ancianos nos miran, pero esta vez no para pedir dinero, simplemente por curiosidad y para que les tomemos fotos con nuestra cámara, cosa a la que no están muy acostumbrados, ya que al sacarle una foto a una abuelita luego no era capaz de reconocerse a ella misma. Las personas que viven aquí duermen cada noche al lado de un solar lleno de ratas. Las casas no están delimitadas ni siguen ningún orden, por lo que se tocan las unas con las otras. De manera que es difícil adivinar a qué casa pertenece cada puerta y se crea también una especie de laberinto extraño donde casa, porche, patio y calle se funden uno. En algo que en España llamaríamos esquina, apareció una mujer invitándonos a seguir otro camino, se ve que eso no era precisamente una esquina, sino su casa. Acompañados por un hombre que camina a un metro por delante de nosotros y que se gira casi espasmódicamente para mirarnos, llegamos una vez más al Taj Mahal.
Como todavía no estamos acostumbrados al cambio horario, continuamos dando vueltas después de cenar. En estos momentos todo toma un color oscuro, casi siniestro. Aventurarte a entrar casi parece una locura, pero el insomnio y el afán aventurero nos hace adentrarnos. Si a lo lejos vemos sombras cambiamos de esquina, si oímos ruido a nuestra espaldas nos giramos. Por lo que volvimos pronto al hostal, donde el hombre que trabajaba allí estaba esperándonos para poder irse a dormir, aún tratándose de las 23h. Por la mañana paseando por ese mismo lugar encontramos niños en tuk-tuk yendo al colegio, gente moviéndose de un lado a otro, muchas tiendas donde venden de todo... en fin, que por la noche todos los gatos parecen pardos.
En Agra se crea una microciudad en los tejados dado que todos los edificios son de construcción baja. Desde los restaurantes en las azoteas se pueden ver desde mujeres aporreando la colada hasta niños pequeños colgándose peligrosamente o simplemente chicos jugando un partido de criket (el deporte nacional). Y paseando entre todos ellos, como si de las copas de los árboles de una selva se tratase, cientos de monos desafiando la gravedad, los cuales más tarde encontraremos por todas partes.
El Taj,
un impresionante mausoleo de mármol blanco todo hecho a mano, que cambia de color según el estado del cielo. Es una maravilla de su tiempo, se necesitaron a miles de personas para poder construirlo; herreros, tallistas, artistas, arquitectos... todos ellos escogidos por ser los mejores y traídos desde toda India con un solo fin, construir el mausoleo para guardar las cenizas de la fallecida esposa de Sha Yahan, antiguo emperador mongol. (Gracias mamá por el libro!)
En esta ciudad también hemos descubierto que el sudor y el esfuerzo de un hombre valen su dinero. Unas cosas denominadas cicloriclshaw, que consisten en una carreta tirada por una bicicleta, en las cuales te ofrecen rutas para ver los monumentos a un precio irrisorio, consigue envaucarnos para hacer una ruta. Según nuestro mapa la ruta no abarcaba más de tres kilómetros y pensando que era un camino plano regateamos al máximo el precio. El joven taxista-ciclista accedió a llevarnos. Tras una bajada muy pronunciada dimos con el Fuerte Rojo a nuestra izquierda y tras cruzar el río Yamuna por el puente y pasar después por un barrio realmente malo, al final nos encontramos unas plantaciones enormes de té y un caminito para poder ver el Taj desde detrás.
A la vuelta, el conductor parecía cansado, lo que antes era bajada ahora se convertía en una cuesta y para poder tirar de nosotros, incluso tenía que bajar de la bici para empujar. Cosa que también tuvimos que hacer nosotros al ver la cantidad de sudor que emanaba de ese pobre hombre. Aunque subirse de nuevo al carrito no era tan fácil, puesto que el chisme pillaba una velocidad considerable, lo que hizo que el pie de David fuera atropellado mientras lo empujábamos.Tras jugarnos la vida decidimos dejar a cada uno su trabajo. Después de aprender que la mayoría de los mapas de India no está hechos a escala y ver todo este sufrimiento, al final decidimos pagarle el doble de lo pactado.
Y aquí van algunas fotitos más...