viernes, 28 de enero de 2011

AGRA







Una ciudad aparentemente tranquila. Aquí todo gira alrededor del Taj Mahal. Las calles adyacentes dan a las puertas, siempre abarrotadas, norte, sur, este y oeste del monumento. Por lo que tomes la calle que tomes siempre acabarás allí.

A pesar de lo bien conservado que tienen mausoleo, descubrimos que a sólo dos calles de las principales se encuentra una ciudad también muy pobre. Un barrio donde no hay ni un solo turista y donde las aguas fecales fluyen libremente entre medio de las casas. Los niños nos paran, los ancianos nos miran, pero esta vez no para pedir dinero, simplemente por curiosidad y para que les tomemos fotos con nuestra cámara, cosa a la que no están muy acostumbrados, ya que al sacarle una foto a una abuelita luego no era capaz de reconocerse a ella misma. Las personas que viven aquí duermen cada noche al lado de un solar lleno de ratas. Las casas no están delimitadas ni siguen ningún orden, por lo que se tocan las unas con las otras. De manera que es difícil adivinar a qué casa pertenece cada puerta y se crea también una especie de laberinto extraño donde casa, porche, patio y calle se funden uno. En algo que en España llamaríamos esquina, apareció una mujer invitándonos a seguir otro camino, se ve que eso no era precisamente una esquina, sino su casa. Acompañados por un hombre que camina a un metro por delante de nosotros y que se gira casi espasmódicamente para mirarnos, llegamos una vez más al Taj Mahal.


Como todavía no estamos acostumbrados al cambio horario, continuamos dando vueltas después de cenar. En estos momentos todo toma un color oscuro, casi siniestro. Aventurarte a entrar casi parece una locura, pero el insomnio y el afán aventurero nos hace adentrarnos. Si a lo lejos vemos sombras cambiamos de esquina, si oímos ruido a nuestra espaldas nos giramos. Por lo que volvimos pronto al hostal, donde el hombre que trabajaba allí estaba esperándonos para poder irse a dormir, aún tratándose de las 23h. Por la mañana paseando por ese mismo lugar encontramos niños en tuk-tuk yendo al colegio, gente moviéndose de un lado a otro, muchas tiendas donde venden de todo... en fin, que por la noche todos los gatos parecen pardos.






 
En Agra se crea una microciudad en los tejados dado que todos los edificios son de construcción baja. Desde los restaurantes en las azoteas se pueden ver desde mujeres aporreando la colada hasta niños pequeños colgándose peligrosamente o simplemente chicos jugando un partido de criket (el deporte nacional). Y paseando entre todos ellos, como si de las copas de los árboles de una selva se tratase, cientos de monos desafiando la gravedad, los cuales más tarde encontraremos por todas partes.



















 

El Taj, un impresionante mausoleo de mármol blanco todo hecho a mano, que cambia de color según el estado del cielo. Es una maravilla de su tiempo, se necesitaron a miles de personas para poder construirlo; herreros, tallistas, artistas, arquitectos... todos ellos escogidos por ser los mejores y traídos desde toda India con un solo fin, construir el mausoleo para guardar las cenizas de la fallecida esposa de Sha Yahan, antiguo emperador mongol. (Gracias mamá por el libro!)








En esta ciudad también hemos descubierto que el sudor y el esfuerzo de un hombre valen su dinero. Unas cosas denominadas cicloriclshaw, que consisten en una carreta tirada por una bicicleta, en las cuales te ofrecen rutas para ver los monumentos a un precio irrisorio, consigue envaucarnos para hacer una ruta. Según nuestro mapa la ruta no abarcaba más de tres kilómetros y pensando que era un camino plano regateamos al máximo el precio. El joven taxista-ciclista accedió a llevarnos. Tras una bajada muy pronunciada dimos con el Fuerte Rojo a nuestra izquierda y tras cruzar el río Yamuna por el puente y pasar después por un barrio realmente malo, al final nos encontramos unas plantaciones enormes de té y un caminito para poder ver el Taj desde detrás.
A la vuelta, el conductor parecía cansado, lo que antes era bajada ahora se convertía en una cuesta y para poder tirar de nosotros, incluso tenía que bajar de la bici para empujar. Cosa que también tuvimos que hacer nosotros al ver la cantidad de sudor que emanaba de ese pobre hombre. Aunque subirse de nuevo al carrito no era tan fácil, puesto que el chisme pillaba una velocidad considerable, lo que hizo que el pie de David fuera atropellado mientras lo empujábamos.Tras jugarnos la vida decidimos dejar a cada uno su trabajo. Después de aprender que la mayoría de los mapas de India no está hechos a escala y ver todo este sufrimiento, al final decidimos pagarle el doble de lo pactado.

Después de unos tres días nos dirigimos a la estación para llegar a nuestro próximo destino. Lo que el día que llegamos nos pareció una estación muy tranquila, de noche parece adquirir otro color. En una espera de 5 horas de retraso del tren, pudimos comprobar que la estación tiene vida propia. Miles de personas aposentadas en el suelo, durmiendo encima de sus cartones, comiendo o simplemente charlando. La tristeza de ver tratar peor que a una rata a una pobre niña que sólo sabe esnifar cola y que sólo pide algo para comer. Aquí nos sentimos más que nunca como unos animalitos de feria. Constantemente se formaban corros de unas 10 personas a nuestro alrededor, no dicen nada, sólo nos miran intensa y extrañamente. Tras un rato de aclimatación a la situación fallido, decidimos salir fuera para recagar las pilas y hechar un cigarrito. Pero ni aquí estamos solos, otra vez lo mismo. Gente en grupo de dos o tres se pasean para mirarnos. La situación parece ya cómica, así que tras unos momentos de relajación decidimos tomarlo con humor y volver a entrar, eso sí, buscando un lugar un poco resguardado para pasar todas las horas que todavía nos quedan.

Y aquí van algunas fotitos más...







martes, 25 de enero de 2011

Delhi

Con diez cañones por banda viento en popa a toda vela, no cruza el mar si no vuela un avión con destino a Delhi.

                                                        El aeropuerto nos da la bienvenida
con unas manos gigantes y plateadas con las posiciones budistas de relajación, preludio de lo que más adelante encontraríamos en los monumentos que visitaríamos. Todo limpio y reluciente, una parodia de lo que en realidad veríamos más allá de sus puertas. No tardamos demasiado en sentirnos perdidos, ante nosotros una interminable hilera de taxis y más allá unos buses destartalados, parece que estemos al lado de unas ruinas, todo en construcción. Nuestro primer contacto fueron cuatro españóles que aterrizaban el mismo dia que nosotros. Ellos, algunos con experiencia, nos dieron una idea de lo que teníamos que costaba el taxi. 


En nuestro primer viaje, en un taxi muy elemental, es decir, con cuatro ruedas y un volante sin más, con una conducción algo más que temeraria, un saltarse las normas de circulación aún jugándose la vida (ya que creen en la reencarnación) observábamos como dos carriles se convertían en cuatro a su antojo o necesidad y como nos adelantaban tanto por la derecha como por la izquierda, oíamos como los claxon de los coches no cesaban de sonar . Y así fue como llegamos, vivos por casualidad, a la calle de los mochileros llamada Main Bazar.


Main Bazar
En este lado de la ciudad la gente es muy pobre, hay muchísimo polvo en el ambiente, muchas personas duermen en la calle y nos piden dinero sin cesar, no hay recogida de basuras y la gente la quema provocando un olor extremadamente fuerte y desagradable. Nuestro primer contacto con los hoteles y Loudges se puede comparar a lo que es una habitación en una peli de miedo; sábanas sucias, humedad en las paredes, baños negros de la mugre, restos de escupitajos sanguinolientos, que después resultaría ser tabaco de mascar... Pero todo esto tiene su encanto y se llama India.
Al final nos decidimos por el Hotel Docente escondido en una pequeña callejuela en el centro de Main Bazar, que aunque seguía los estándares de las otras al menos era barato.
A la caída del sol miles de tenderetes inundan las calles, un bullicio impresionante de indios haciendo negocios sucios, oscuros.

En este ciudad necesitaremos un par de días, un Fuerte, una plaza llamada Conaught Place e intentar entrar a la vieja Delhi, cosa que parece ser complicada, serán nuestras próximas visitas.

El primer día lo dedicamos al centro de la ciudad,  Conaught Place, una plaza donde todo cambia; los edificios son altos, de construcciones modernas, en sus plantas baja hay tiendas de ropa de marcas occidentales,  locales de comida rápida, MC Donals, KFC... si no fuera por la aglomeración de autorickshaws y que todo el mundo es moreniiiísimo, nos parecería no estar en la India. Hasta las personas cambian, la mayoría de clase alta, bien vestidos e incluso con gomina en el pelo. Un despiporre de medios ante tanta pobreza.
En el centro de la plaza unos grandes jardines poco cuidados donde aún siendo al aire libre, no se puede fumar y para entrar debes pasar por un detector de metales, cosa que no acabamos de comprender - pero bueno, sus motivos tendrán-.

Allá por el segundo día intentamos aventurarnos a entrar a la Old Delhi, pero justo en la entrada un policía amablemente insistió en que diéramos media vuelta, ya que según él, la gente blanca poco teníamos que hacer allí.
No contentos con esto, lo volvimos a intentar por un camino diferente para evitar al señor agente. Pero no, no pudo ser!!!!!
Autorickshaw, no tuk-tuk
Un conductor de autorickshaw, con el mismo tono de voz, la misma sonrisa y el mismo ingles absurdo, aunque con aliento a alcohol, nos repite exactamente lo mismo. A la vez que aprovecha para intentar vendernos alguna ¨cosita¨ y llevarnos a una agencia de turismo del gobierno. No lo vemos mala idea, ya que estas oficinas, según nuestra guía, son las únicas fiables. Pero, !sorpresa! el itinerario que habíamos pensado hacer salía por cortarse una pierna, un brazo, donar nuestros cuerpos, los de nuestros hijos y tres generación venideras a la ciencia para poder pagarlo. Yel colmo es que nos largaba del país en un mes y medio con billete de avión incluido. La idea de hacer el mochilero cada vez cobra más    fuerza.

El fuerte resultó ser una especie de amurallado enorme, muy alto y bien conservado. Para acceder a su interior unas puertas de arco gigantes que una vez atravesadas mostraban tenderetes de recuerdos varios y unos jardines en el final d el pasillo en los cuales se ofrecía un espectáculo de luz y sonido cada noche. No teniendo mucho más, cruzamos la calle - que cruzar la calle aquí no es cualquier cosa- y nos adentramos en un bazar lleno de todo tipo de tecnologías y comidas. Anonadados ante tanto ajetreo de gente yendo y viniendo empezamos a caminar sin mucho rumbo. Al cabo de un rato nos encontramos en unas calles muy oscuras, con gente mirándonos muy raro, hasta con un puesto de control policial. Como estábamos absolutamente perdidos nos acercamos al poli para preguntar y..... WUALA!!! Estamos en el centro de Old Delhi!! Esto sí que es contraste, lo conseguimos. Salir de él nos llevó una hora de caminata y muchas extrañas miradas hasta que por fin dimos con Main Bazar, que por ahora era nuestro hogar.

El resto del tiempo lo dedicamos en comparar precios, deambular por las callejuelas y probar todo tipo de comida picante, que es lo único que te sirven, y en pensar en nuestro siguiente destino que resultará ser Agra.